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¿Cómo llegué hasta aquí?

11/04/2013

Haré la historia corta. Tan corta, que se entienda a la primera. Y empezaré por el final: la noche de hoy será la quinta noche seguida que duerma en el sofá de mi propia casa. Mi casa no tiene paredes, pero tiene dos niveles. Arriba está la cama. Abajo está el sofá. Es una casa para vivir solo o para vivir con alguien con el que tengas mucha confianza. Especialmente una pareja.

La cosa es que A.H., una de las dos chicas -mujeres, por qué no- con las que vivía en Erbil (Kurdistan, Iraq), me escribió hace un par de semanas para preguntarme si no me importaría hacerle un hueco en mi casa “durante una o dos noches”. Iba a estar de paso por Madrid mientras la asignaban el próximo destino. Coincide que A.H. era, de las dos chicas -mujeres, por qué no-, la que me caía como una patada en las rodillas. Pero dije que sí. Lo hice por dos motivos: porque soy débil y porque quería devolver al Equilibrio Cósmico el favor que muchas veces me han hecho a mí gente que no conocía de nada y a los que quizás les caía igual de mal o peor de lo que me cae a mí esta chavala. Justo me entró el rollo místico en el peor momento. Al principio eran “una o dos noches”, como ya he dicho. Cuando llegó a casa el domingo a última hora, ya eran “dos o tres”. El lunes se convirtieron en “hasta el fin de esta semana”. Hoy me ha dicho que no le dan destino hasta final de mes. Es un disparate.

Mientras está en casa no hablamos de nada. Ella está en el sofá y yo en la mesa. Si quisiera la podría tocar ahora mismo, mientras escribo esto. Cuando digo tocar, he desconectado cualquier carga sexual del verbo. Tocar de palpar, de alargar la mano y hacer contacto. No nos hablamos. Ella me cae mal. Se come mi comida, se bebe mi bebida, está siempre en el baño y hoy, al llegar de la radio, me he encontrado con una colección multicolor de ropa interior diminuta secándose en el tendedero, en medio del salón. A mí estas cosas no me parecen divertidas. No friega los platos. Se ha cargado una percha. “Oh, ¡una percha!”, podría decir alguien. Sí, pero es mi percha.

Hoy ha salido de casa a las 7:00 AM. Por supuesto, ha hecho tanto ruido que si yo hubiera estado entubado e inconsciente, también me habría despertado.

Mañana se va a Londres. Tiene un lío con un pavo que, por lo que he entendido, es corredor de bolsa. Tiene 28 años. Le ha invitado a pasar el fin de semana allí y yo solo le pido al mismo dios que me está pagando con esta moneda mi declarado ateísmo, que no suceda nada extraño y de verdad se vaya. He pensado el plan para sacarla de mi casa y que hoy sea la última noche que pasa aquí. Mañana lo cuento.