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Rebobinando a solas: la vida complicada de Jonah Matranga

04/05/2018

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De todos los libros que leo, los que más disfruto son los que están escritos por gente que no se considera a sí misma como escritor o escritora. Suelen ser primeros libros y en ellos se concentran todos los miedos de enfrentarse por primera vez a la voz que tiene uno cuando escribe (cuando piensa en alto), y donde también se dan cita enormes aciertos, puede que involuntarios, pero no por ello menos valiosos. Quizás sea justo eso lo que me hace sentir cerca de estas obras: yo también estoy escribiendo mi primer libro y tampoco me considero escritor todavía. ¿Qué nos lleva a querer escribir un primer libro? ¿Cuál es el punto de no retorno imaginario en el que identificamos la necesidad de ponernos a teclear durante meses, incluso años, sin saber muy bien lo que estamos haciendo? En mi caso, tengo una tendencia a compartir lo que he vivido y a opinar sobre ello, sin miedo a los juicios de personas que no conozco, ni tan siquiera a los juicios de la gente que más conozco. Tengo una historia que contar y estoy tratando de contarla de la mejor manera posible.

Y eso pensó Jonah Matranga cuando empezó su solitario camino desde que te sorprendes imaginando cómo sería escribir un libro hasta que te pones a escribirlo y lo terminas. Ese ha sido su primer gran logro: empezar a escribir un libro de casi 400 páginas y terminarlo. Para los que no le conozcan: Jonah Matranga es un cantante norteamericano de 48 años que ha sido líder de bandas como Far, New End Original, One Line Drawing, Gratitude o Camorra (esta última con J Robbins al bajo y la producción). Un lobo solitario, desconocido para la mayoría, que ha dado miles de conciertos en escenarios de todas clases -desde festivales multitudinarios hasta habitaciones de hospital como última voluntad del enfermo terminal-, que ha aprendido a gestionar su vida y las emergencias derivadas de ella con humildad y sabiduría, extrayendo siempre algo positivo de todas las situaciones, incluso de aquellas donde resultaba casi imposible ese ejercicio. Entre medias, muchos pasos en falso y mucha necesidad de conocer su verdadera identidad, tanto en el plano musical, como en el amor o en la religión.

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El origen de este libro es casi idéntico a la música del cantante: nació como algo impreciso y se fue convirtiendo en un libro gracias a un proyecto de micromecenazgo al que también se le sumó un disco de casi cuarenta canciones (cuyas letras también se incluyen y vienen a ser una especie de introducción a cada capítulo) y que se puede escuchar aquí.

Es cierto que si uno no está familiarizado con el ecosistema de bandas en las que ha tocado Jonah y desconoce el contexto temporal y espacial donde tiene lugar la acción, el libro puede no tener interés, porque Matranga no para de expandir menciones y referencias por cada una de las páginas. Sin embargo, desde las primeras líneas, sorprende la dulzura y la precisión de la escritura de Jonah, así como el talento para colocar aquí y allí sentencias casi poéticas sobre la música, hacerse mayor y ser padre antes de tiempo. La pasión por la música, por no rendirse nunca a pesar de que nunca ha conseguido dar el salto a esa liga de artistas que pueden vivir holgadamente de su trabajo, otorga de algún modo (y ojalá no fuera así) una verdad y una autenticidad que planean por todo el libro, como si ser un fracasado fuera el precio que hay que pagar para ser reconocido. Pero ahí está él, adaptándose a cualquier situación, haciendo sitio a su hija Hannah, girando por Europa y por Estados Unidos unos diez meses al año para poder subsistir, tomando decisiones. Y eso es este libro, al fin: una sucesión continuada y estable de toma de decisiones que van abriendo o cerrando otros caminos, como aquella vez que Coca Cola quiso sacar Lukewarm de New End Original en un anuncio y él no supo cómo negociar, echo un lío por tratar de casar necesidad y principios.

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Al acabar de leer, de dar vuelta a la última página y de pasar a limpio las notas y todo lo que he ido subrayando mientras leía, la sensación es conmovedora: Matranga comparte tantas cosas con nosotros, tan íntimas y a veces tan importantes, que la sensación no es la de haber leído a un escritor de mediana edad de San Francisco del que puede que no volvamos a oír hablar, sino de haber asistido al nacimiento de una nueva amistad inesperada, que te resistes a que finalice al terminar de leer.

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