La mentira ya es verdad

04/04/2018

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Hace unos minutos que decidí redactar esta columna en lugar de ir a mi perfil de Twitter, mitad como herramienta para ordenar mis pensamientos al respecto del tema que tiene a Cristina Cifuentes, todavía Presidenta de la Comunidad de Madrid mientras escribo estas líneas (y por tanto, mi Presidenta, a pesar de lo chirriante de la expresión), en la primera plana de todas las páginas de información que suelo consultar, mitad como medida cautelar contra mí mismo, porque no quiero ser esa persona que se exalta en la red social del ave azul -por cierto, misma familia animal y mismo color que el logo del Partido Popular-, y acabar diciendo cosas que, visto lo visto, me pueden sentar delante de un juez.

Para los que necesiten situarse: estamos en España, en Madrid. Es miércoles 4 de abril de 2018. Estoy indignado con el pleno extraordinario de la Asamblea de Madrid que acaban de emitir por muchas cadenas de radio y que he escuchado en una furgoneta de alquiler mientras iba y venía al IKEA de Vallecas a devolver un armario que un día pensamos que necesitaríamos, ahora que vamos a ser madre y, en mi caso, padre de Aurora, nuestra primera hija. He sacrificado el placer incalculable de ir escuchando a solas el último disco que compré (Miles Davis & John Coltrane, The Final Tour: The Bootleg Series Vol. 6, Sony Music, 2018) en un trayecto de 35 kilómetros ida y vuelta, a cambio de atender a lo que Cristina Cifuentes tenía que decirnos a todos los madrileños hace apenas un par de horas, y que ha logrado envenenar mi tranquilidad para lo que queda de día.

El motivo que ha llevado a esta señora a estar en el centro del remolino que se forma justo cuando uno tira de la cadena y el agua del váter parece que se hincha, preparando su inminente escape por el desagüe, es de sobra conocido: dice haber cursado un máster en una universidad pública, pero en realidad no lo ha cursado. Este hecho se ha agravado innecesariamente para todos los implicados gracias a la insistencia de la Presidenta en negar la evidencia, enrocándose en una posición que tiene más que ver con la de una niña de seis años a la que han pillado escupiendo a escondidas desde la ventana, que la de una servidora de lo público.

Reconozco que no suelo soportar los escritos que van dirigidos a la persona de la que se habla (“Señora Cifuentes: le escribo esta carta con la esperanza de….”) porque siempre he pensado que los lee todo el mundo menos la aludida, así que no voy a ir por ahí. Pero sí me gustaría compartir la sensación que, como ciudadano observador y experto en cometer fallos, tengo de todo esto.

Sé que Cristina Cifuentes miente porque yo he mentido mucho. He mentido a amigos, a enemigos, a jefes, a profesores, a novias, a familiares. Yo qué sé. A veces lo sigo haciendo, aunque es un hábito del que me he logrado desprender después de mucho esfuerzo, y solo recurro a mentiras pequeñas, domésticas, de mecha corta. Aceptemos, por tanto, que todos mentimos, que la mentira es una característica inherente al ser humano, por eso se valora tanto la honestidad y no mentir nos hace sentir tan bien. Aceptemos que somos imperfectos, porque si no, no vamos a entender nada de lo que está pasando.

Pienso que la bondad de las personas no se mide en si miente o no, sino en cuánto miente o sobre qué miente. Es importante el matiz. Una vez leí que todos sabemos dónde está la verdad, incluso cuando nos negamos a reconocerla. Es cierto: yo siempre he sabido cuándo mentía, cuánto mentía y sobre qué mentía. También sabía las consecuencias de verme sorprendido e incluso trataba de tener un plan B y un C por si esto ocurría (basados, probablemente, en más mentiras). Alguna vez me han pillado con muchos menos argumentos en mi contra que los que tiene ahora mismo Cifuentes encima de la mesa de su despacho, y alguna vez mi vida ha cambiado a partir de ese momento. Aprendí a base de fallar y molestar que lo mejor, llegado ese punto, es hacerse a un lado y decir: “Bien, pues tengo que pedir disculpas: intenté colaros la trola, pero no ha funcionado. Siento lo que hice, siento haberos mentido y siento el espectáculo. Entiendo que he traicionado vuestra confianza y entiendo las consecuencias”. Algo así. Un poco de humildad, de valor para afrontar el esperpento y, por qué no, también de honestidad, aunque sea en la prórroga.

Sin embargo, Cifuentes ha continuado con un comportamiento de mentirosa de manual, desde el tono de voz hasta la sonrisa nerviosa, pasando por sus mensajes en redes sociales, los cambios en su agenda para evitar a la prensa, un supuesto proceso gripal, un TFM (Trabajo de Fin de Máster) que no aparece porque no existe, unas explicaciones con unos papeles en la mano que, a esta distancia, podrían ser cualquier papel, desde un email impreso a dos caras hasta el folio que te dan en Correos cuando mandas una carta certificada. Los que mentimos, que somos todos, sabemos cuándo miente otra persona. Pero parece que no es suficiente. Y aquí empieza lo grave de verdad, lo que me aterroriza: que Cristina Cifuentes miente con la parsimonia del que le da igual mentir porque su futuro no depende de ello, y permitiéndose unos lujos que nadie se había permitido en público. Id a por las gafas de sol, porque las vais a necesitar: el futuro de Cifuentes brilla más que el nuestro.

¿Qué cantidad de dinero, influencia y poder, otorga en la actualidad la Política a cargos como el de Presidenta de la Comunidad de Madrid para que una señora que seguro que tiene su pudor, como el resto, salga a hablar desde el estrado de la Asamblea de Madrid, a repetir como una loca las mentiras que lleva repitiendo en las últimas dos semanas? ¿Qué no tendrá que perder Cifuentes para montar semejante circo, con sus palmeros y todo, para ponerse en una situación tan calamitosa para ella en horario de máxima audiencia, en directo por todos los medios posibles (radio, TV, internet), diciendo que ya ha dado las explicaciones pertinentes? ¿Qué acuerdo a medio o largo plazo le habrá ofrecido el PP a Ciudadanos para que su portavoz en la Asamblea de Madrid, saltándose no solo el punto 3 de su acuerdo de gobierno, sino la ley española, salga a hablarnos a los madrileños con esa poca fuerza y esa falta de acción para asegurar que bueno, que moción de censura no, que quizás una comisión de investigación (más)? 

Tom Waits tiene una frase maravillosa para estos casos: “Cómo haces algo es cómo haces todo”. Podéis tirar de esa cuerda.

El mensaje a la sociedad es inequívoco y no habla del esfuerzo, del tesón, de la limpieza moral. Habla de algo más oscuro: se ha normalizado la mentira mala, la que solo genera desigualdad, abuso de poder, negocios ocultos; la mentira que años atrás, quizás cuando todavía les quedaba pudor a los mafiosos, se trataba de ocultar (te pueden pillar asesinando a un rival, pero no mintiendo). La mentira ha dejado, por tanto, de tener valor. Ahora la mentira ya es verdad: solo tienes que negar lo que te dicen, asegurar sin ningún convencimiento que has presentado las pruebas que avalan tu posición y seguir adelante, marcando el paso como una chica trans el día de la cabalgata del Orgullo. La derecha nos ha robado la bandera, el himno, la religión y, ahora también, la verdad. Desde hoy la verdad es lo que ellos digan que es verdad, no lo que digan pruebas caligráficas o testimonios de las otras partes. En la mentira ya no hay verdad. Imaginad lo que tienen que esconder. Ya casi me da igual que la juzguen, la condenen y vaya a la cárcel. 

Estad preparados: alguien que cree que tiene el monopolio de la verdad, administra la fuerza con la misma impunidad. Y cuando se administra la fuerza con impunidad, acaba habiendo problemas más grandes que el de encontrar o no un TFM que, de existir, sería igual de mierda que la moral de la protagonista.

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